¿Defender el Taekwondo o quejarse de todo?
Para algunos, cada cambio destruye la esencia y cada propuesta es una ofensa. Cuando el rechazo llega antes que los argumentos, la defensa del Taekwondo se convierte en una excusa para dejar todo como está. Mientras tanto, el deporte olímpico sigue exigiendo adaptación.
Hay una forma de participar del Taekwondo que nunca exige arriesgar una propuesta: encontrarle un defecto a todas las propuestas ajenas. Si cambian las reglas, están destruyendo el deporte. Si incorporan tecnología, están traicionando su esencia. Si alguien propone organizar las categorías de otra manera, está faltándoles el respeto a sus protagonistas. Con ese razonamiento, cualquier intento de mejora nace condenado.
La crítica fundamentada obliga a mejorar. La queja automática pretende cerrar la discusión.
En 2018 publicamos «¿El Taekwondo vive un choque generacional?». Cuestionaba la costumbre de idealizar el pasado y recordaba algo bastante sencillo: también había combates aburridos cuando nosotros éramos jóvenes. Ocho años después, seguimos discutiendo como si nuestra época tuviera un derecho exclusivo sobre el verdadero Taekwondo.
Admirar a los grandes peleadores de otras décadas es comprensible. Convertir sus mejores momentos en una prueba de que todo lo actual es inferior exige bastante más que nostalgia.
Cuando discutir se vuelve una ofensa
La discusión sobre cómo organizar el Mundial de Poomsae ofrece un ejemplo. En septiembre propusimos revisar la presentación de sus categorías y desarrollar espacios específicos para Masters, con identidad y reconocimiento propios.
Se puede cuestionar esa propuesta por sus costos, su viabilidad o sus consecuencias deportivas. Pero interpretarla como un ataque a las personas mayores pasa por alto que el planteo les reconoce expresamente un lugar.
Un escenario pensado para Masters puede destacar sus cualidades y darles protagonismo. Una competición orientada a la élite puede concentrarse en sus propias exigencias. La conveniencia de ese diseño merece discutirse; su éxito tendría que evaluarse.
Atribuir una intención ofensiva permite eludir esa conversación. El debate termina girando alrededor de una acusación que reemplaza al argumento.
La edad tampoco concede ni quita razón. Hay maestros de enorme trayectoria dispuestos a revisar sus ideas y jóvenes capaces de repetir prejuicios. Lo que importa es qué sostiene cada uno y cómo lo fundamenta.
El programa olímpico no se sostiene con nostalgia
El movimiento olímpico ofrece una advertencia para quienes creen que conservarlo todo es suficiente. La Agenda Olímpica 2020+5 vinculó el programa con la relevancia para los jóvenes, la innovación, la igualdad de género, la universalidad y la participación de los mejores atletas.
Los criterios publicados para Los Ángeles 2028 también incluyeron atractivo global, integridad, seguridad, sostenibilidad y reducción de costos y complejidad. Ninguno permite suponer que la tradición, por sí sola, resuelve el futuro de un deporte.
La lucha tuvo que afrontarlo. En febrero de 2013 quedó fuera de la propuesta de deportes principales para 2020. La Federación Internacional de Luchas Asociadas (FILA, hoy United World Wrestling) respondió con reformas de gobernanza, mayor participación femenina y reglas más sencillas. En septiembre, la Sesión del COI la eligió para integrar el programa de 2020 y 2024.
Ese antecedente demuestra que incluso una disciplina de enorme tradición puede necesitar transformaciones profundas. No convierte cada modificación de World Taekwondo en una exigencia del COI, ni garantiza que reorganizar el Poomsae abra la puerta olímpica. Sí obliga a tomar en serio la necesidad de adaptación.
Criticar también exige hacerse cargo
Existen objeciones que deben escucharse: fallas de detección, costos del equipamiento, reglas difíciles de comprender o plazos insuficientes para preparar cambios. Señalarlas con precisión permite investigar y corregir.
En 2023, el investigador Udo Moenig, de la Universidad Youngsan de Corea del Sur, y sus colaboradores encuestaron a entrenadores de Taekwondo sobre el sistema electrónico de puntuación. La mayoría prefirió conservarlo antes que volver al sistema convencional de jueces, aunque hubo opiniones divididas sobre su efecto en el combate. Los autores señalaron, por ejemplo, que la puntuación electrónica favoreció un mayor uso de la pierna delantera. Se puede preferir un sistema de puntuación y, al mismo tiempo, cuestionar las técnicas que incentiva. Para que ese debate ayude a mejorar el Taekwondo, hace falta formular objeciones concretas y contrastarlas con evidencia: datos de competencia, estudios y análisis sistemáticos de los combates. No alcanza con solo gritar que antes todo era mejor.
Tampoco hace falta tener un reglamento alternativo completo para identificar un error. Pero quien afirma que todo está mal debe explicar qué falla y con qué criterio lo evalúa. Un defecto demostrado merece respuesta; una descalificación repetida no adquiere valor por insistencia.
Quienes proponen cambios deben aportar razones, escuchar objeciones y aceptar correcciones. Quienes defienden el formato existente tienen la misma obligación de argumentar. La costumbre no prueba que algo funcione mejor.
El Taekwondo merece críticas capaces de hacerlo avanzar. Y quienes convierten cualquier propuesta en una amenaza deberían responder una pregunta:
¿Qué tendría que demostrar un cambio para que estuvieran dispuestos a aceptarlo?
Si la respuesta es «nada», la discusión ya estaba cerrada antes de empezar.
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