El pacto de la permanencia: entrenadores-funcionarios y atletas eternos

Cuando participar reemplaza a competir, el entrenador conserva su cargo, el deportista mantiene su lugar y las redes sociales presentan como progreso aquello que nunca fue sometido a evaluación.

El pacto de la permanencia: entrenadores-funcionarios y atletas eternos

Hubo un tiempo en que el alto rendimiento se asociaba con una aspiración inequívoca: superar límites. “Más rápido, más alto, más fuerte — Juntos” no fue concebido como una invitación a viajar, desfilar o completar una inscripción. El lema olímpico expresa competencia, evolución y búsqueda permanente de excelencia.

Sin embargo, en ciertos sectores del deporte contemporáneo, aquella ambición parece haber cedido terreno frente a una cultura mucho más cómoda: la celebración de la participación.

No importa tanto qué se fue a buscar, qué se consiguió o cuánto mejoró el deportista. Alcanza con publicar la fotografía de la delegación, agradecer a las autoridades y anunciar que “quedaron buenas sensaciones”.

Cuando el entrenador deja de entrenar

El problema comienza cuando el entrenador abandona progresivamente su función técnica y se transforma en un entrenador-funcionario.

Acumula cargos, integra comisiones, administra delegaciones, participa en reuniones y desarrolla relaciones institucionales. Todo eso puede ser necesario. La distorsión aparece cuando conservar esa posición se vuelve más importante que formar deportistas capaces de competir al máximo nivel.

Entonces, el entrenador deja de ser evaluado por la evolución de sus atletas. Su gestión se mide por la cantidad de viajes, concentraciones, acreditaciones y publicaciones. Hay actividad, pero no necesariamente desarrollo. Hay presencia internacional, pero no siempre rendimiento.

Cuando los resultados no llegan, tampoco aparecen diagnósticos, correcciones ni responsabilidades. Aparece el relato.

El atleta eterno

En estructuras con poca competencia interna también puede consolidarse otro protagonista: el atleta eterno.

Compite durante años —incluso décadas— sin resultados relevantes ni una evolución verificable, pero conserva su lugar porque no existen procesos selectivos exigentes, oposición interna suficiente o criterios públicos de permanencia.

Después de cada eliminación, el mensaje suele repetirse:

“Hoy no se pudo, pero quedaron buenas sensaciones. Lo importante es no rendirse y ya estamos listos para defender nuestros colores en el próximo evento”.

No rendirse es una virtud. No puede ser el único criterio para permanecer indefinidamente en una selección nacional.

Representar a un país constituye un honor, pero no debería funcionar como un derecho adquirido ni como una recompensa por antigüedad.

Una alianza de conveniencia

El entrenador-funcionario necesita deportistas para justificar programas, viajes y presencia internacional. El atleta eterno necesita al entrenador para conservar su lugar. Cuando ninguno exige resultados al otro, se forma un pacto tácito de permanencia.

El técnico explica por qué el atleta debe continuar. El atleta respalda al técnico que lo sigue seleccionando. Las derrotas se convierten en experiencias, las eliminaciones en aprendizajes y cada nueva participación en una supuesta muestra de crecimiento.

Las redes sociales completan el circuito: una delegación bien fotografiada puede transmitir una imagen de éxito que los resultados deportivos no sostienen.

Participar no siempre es competir

No todos los deportistas deben ganar una medalla. Sería una evaluación simplista e injusta, especialmente para países con menos recursos, infraestructura y competencia interna.

Pero todo programa de alto rendimiento debe establecer objetivos previos y verificables: rondas alcanzadas, rendimiento ante rivales de determinado nivel, evolución táctica, puntos de ranking, reducción de diferencias y cumplimiento del plan competitivo.

La evaluación debe comenzar con una pregunta elemental:

¿Cuál era el objetivo antes de viajar y quién responde cuando no se cumple?

Si la respuesta aparece después de la derrota, probablemente no sea un objetivo: sea una justificación.

El deporte necesita perseverancia, pero también selección, exigencia, renovación y rendición de cuentas. De lo contrario, “juntos” ya no significará avanzar hacia la excelencia, sino protegerse mutuamente para permanecer.

Porque cuando participar se celebra como resultado, el entrenador conserva su cargo, el atleta mantiene su lugar y el alto rendimiento pierde su razón de existir.

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